dependía de ella con pavor, como un niño, casi como un idiota. Ella tenía que estar allí, allí en Wragby, convertida en lady Chatterley, en su esposa. De lo contrario, se perdería como un idiota en un brezal.
Esta asombrosa dependencia la comprendió Connie con una especie de horror. Lo escuchaba hablar con los directores de sus minas, con los miembros de su Consejo de Administración, con jóvenes científicos, y se quedaba asombrada ante su perspicacia para las cosas, su poder, su inquietante poder material sobre los llamados hombres prácticos.
Él mismo se había convertido en un hombre práctico, y en uno asombrosamente astuto y poderoso, en un amo. Connie se lo atribuyó a la influencia que la señora Bolton había ejercido sobre él, justo en la crisis de su vida.
Pero este hombre astuto y práctico era casi un idiota cuando lo dejaban a solas con su propia vida emocional.
Adoraba a Connie, ella era su esposa, un ser superior, y la adoraba con una extraña y cobarde idolatría, como un salvaje, un culto basado en un miedo tremendo, e incluso en odio hacia el poder del ídolo, el pavoroso ídolo.
Todo lo que quería era que Connie jurara, que jurara no dejarlo, no delatarlo.
—Clifford —le dijo, pero esto fue después de tener la llave de la cabaña—: ¿De verdad te gustaría que tuviera un hijo algún día?
La miró con una aprensión furtiva en sus ojos claros y más bien abultados.
—No me importaría, si eso no marcara ninguna diferencia entre nosotros —dijo él.