Los montones de jabón en los colmados, ¡el ruibarbo y los limones en las verdulerías! ¡Los horribles sombreros en las sombrererías! todo pasaba feo, feo, feo, seguido del horror de yeso y dorados del cine con sus carteles de imágenes húmedas, «¡El amor de una mujer!» y la nueva y gran capilla Primitiva, bastante primitiva en su ladrillo austero y grandes cristales verdosos y aframbuesados en las ventanas.
La capilla wesleyana, más arriba, era de ladrillo ennegrecido y se alzaba tras rejas de hierro y arbustos ennegrecidos.
La capilla congregacional, que se creía superior, estaba construida de arenisca abujardada y tenía un campanario, aunque no muy alto.
Un poco más allá estaban los nuevos edificios escolares, de un costoso ladrillo rosado y un patio de gravilla tras rejas de hierro, todo muy imponente, y mezclando la sugerencia de una capilla y una prisión.
Las niñas de Quinto Curso estaban teniendo una clase de canto, acabando apenas con los ejercicios de la-mi-do-la y empezando una «dulce canción infantil». Algo más distinto del canto, del canto espontáneo, sería imposible de imaginar: un extraño y estridente aullido que seguía el contorno de una melodía. No era como los salvajes: los salvajes tienen ritmos sutiles. No era como los animales: los animales quieren decir algo cuando aúllan. No era como nada en el mundo, y se llamaba cantar.
Connie se sentó a escuchar con el corazón en la boca mientras Field ponía gasolina. ¿Qué podría ser de una gente así, una gente en la que la facultad intuitiva y viviente estaba más muerta que un clavo, y en la que solo quedaban extraños gritos mecánicos y una fuerza de voluntad espeluznante?
Un carro de carbón iba bajando la cuesta, haciendo ruido bajo la lluvia. Field comenzó a subir, pasando junto a los grandes pero fatigados