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nydus/Lady Chatterley’s LoverPublic
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III

Clifford quería hacer. ¿Los medios y los métodos…? ¿Eran los de Michaelis más despreciables que los de Clifford? ¿Acaso la forma en que aquel pobre advenedizo se había abierto paso a empujones y botes por su cuenta, y a través de la puerta trasera, era peor que la forma en que Clifford se abría camino a codazos hacia la notoriedad mediante la publicidad? La perra de los mil rostros, el Éxito, iba seguida de miles de perros jadeantes y con la lengua fuera. El primero en alcanzarla era el verdadero perro entre los perros, ¡si de éxito se trataba! Así que Michaelis podía mantener la cola en alto.

Lo curioso era que no lo hizo. Volvió cerca de la hora del té con un buen puñado de violetas y lirios, y la misma expresión de perro pachón.

A Connie le daba por pensar a veces si sería una especie de máscara para disipar la oposición, porque era casi demasiado fija. ¿Era de verdad un tipo tan apesadumbrado?

Su desvaído ser con aire de perro triste persistió durante toda la noche, aunque a través de él Clifford percibía una insolencia interior.

Connie no la sintió, tal vez porque no iba dirigida contra las mujeres; solo contra los hombres, y sus presunciones y presuposiciones.

Esa indructible e interior insolencia en aquel tipo escuálido era lo que hacía que los hombres la tomaran tanto con Michaelis. Su mera presencia era una afrenta para un hombre de sociedad, por mucho que la disimulara bajo unos modales fingidos.

Connie estaba enamorada de él, pero se las arregló para sentarse con su bordado y dejar que los hombres hablaran, sin delatarse. En cuanto a Michaelis, era perfecto; exactamente el mismo joven melancólico, atento y distante de la tarde anterior, a millones de grados de distancia de sus anfitriones, pero siguiéndoles el juego lacónicamente hasta el límite requerido, y sin acercarse a ellos ni por un momento.

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