extraña, hostil y ligeramente repulsiva que él había sido para ella, un hombre. Y ahora lo tocaba, y eran los hijos de dios con las hijas de los hombres. ¡Qué hermoso se sentía, qué puro en su textura! ¡Qué encantador, qué encantador, fuerte y a la vez puro y delicado, semejante quietud del cuerpo sensible! ¡Semejante quietud absoluta de potencia y delicada carne! ¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso! Sus manos descendieron con timidez por su espalda, hasta los suaves y pequeños glóbulos de las nalgas. ¡Belleza! ¡Qué belleza! Una pequeña y repentina llama de nueva conciencia la recorrió. ¿Cómo era posible, esta belleza aquí, donde antes solo había sentido repulsión? ¡La indescriptibilidad al tacto, de las nalgas cálidas y vivas! La vida dentro de la vida, el encanto cálido y potente en estado puro. ¡Y el extraño peso de los testículos entre sus piernas! ¡Qué misterio! ¡Qué extraño y pesado misterio, capaz de reposar suave y pesado en la mano! Las raíces, la raíz de todo lo que es hermoso, la raíz primordial de toda la belleza plena.
Se aferró a él, con un silbido de asombro que rayaba en la reverencia, en el terror. Él la estrechó contra sí, pero no dijo nada. Jamás diría nada. Ella se deslizó más cerca de él, más cerca, con el único fin de estar junto a la maravilla sensual que él emanaba.
Y de su absoluta e incomprensible quietud, ella sintió de nuevo el ascenso lento, portentoso e impetuoso del falo, la otra fuerza. Y su corazón se derritió con una especie de reverencia.
Y esta vez su presencia dentro de ella era toda suave e iridiscente, puramente suave e iridiscente, tal que ninguna conciencia podía apresar. Todo su ser temblaba inconsciente y vivo, como el plasma. No podía saber qué era. No podía recordar lo que había sido. Solo que había sido