su propia persona. Le hablaba a Clifford con sensatez, brevedad y sentido práctico de todas las cosas que Clifford quería saber. No se explayaba ni se dejaba llevar. Sabía que lo habían invitado a Wragby para sacarle partido y, como un hombre de negocios viejo, astuto y casi indiferente, o un magnate empresarial, se dejaba hacer preguntas y respondía derrochando la menor cantidad posible de sentimientos.
«¡Dinero! —dijo—. El dinero es una especie de instinto. Es una especie de propiedad de la naturaleza en un hombre el hacer dinero. No es nada de lo que haces. No es ningún truco que juegues. Es una especie de accidente permanente de tu propia naturaleza; una vez que empiezas, haces dinero, y sigues; hasta cierto punto, supongo».
—Pero tienes que empezar —dijo Clifford.
—¡Oh, desde luego! Tienes que entrar. No puedes hacer nada si te dejan fuera. Tienes que abrirte paso a golpes. Una vez que lo has hecho, no puedes evitarlo.