En una mañana helada con un poco de sol de febrero, Clifford y Connie fueron a dar un paseo cruzando el parque hacia el bosque. Es decir, Clifford iba traqueteando en su silla de motor, y Connie caminaba a su lado.
El aire duro aún olía a azufre, pero ambos ya estaban acostumbrados. Alrededor del horizonte cercano corría la bruma, opalescente de escarcha y humo, y en la cúspide yacía el pequeño cielo azul; de modo que era como estar dentro de un recinto, siempre dentro. La vida siempre un sueño o un delirio, dentro de un recinto.
La oveja tosió en la hierba áspera y marchita del parque, donde la escarcha yacía azulada en las oquedades de los céspedes.
A través del parque corría un sendero hacia la puerta del bosque, una fina cinta rosada. Clifford lo había hecho cubrir recientemente con gravilla cernida del escorial. Cuando la roca y los desperdicios del inframundo se habían quemado y exhalado su azufre, se volvían de un rosa brillante, color camarón en los días secos, más oscuro, color cangrejo en los húmedos.
Ahora era de un pálido color camarón, con una blancura azulada de escarcha. Siempre le agradaba a Connie este suelo de gravilla cernida y rosa brillante. No hay mal que por bien no venga.
Clifford condujo con precaución por la pendiente del montículo desde la mansión, y Connie mantuvo la mano sobre la silla. Delante se extendía el bosque, primero el soto de avellanos, y más allá, la densidad purpúrea de los robles. Desde el linde del bosque, los conejos salían dando saltitos y mordisqueaban. Unas grajas se alzaron de repente en una hilera negra y se alejaron flotando sobre el pequeño cielo.