No podía descansar ni siquiera acostarse. Tras permanecer sentado en un estupor de amargos pensamientos hasta la medianoche, se levantó de repente de su silla y buscó su abrigo y su pistola.
«Vamos, muchacha», le dijo al perro. «Es mejor que estemos fuera».
Era una noche estrellada, pero sin luna. Hizo una ronda lenta, escrupulosa, de pasos suaves y sigilosa.
Lo único con lo que tenía que lidiar eran los carboneros que ponían trampas para conejos, en particular los carboneros de Stacks Gate, en el lado de Marehay. Pero era época de cría, y hasta los carboneros la respetaban un poco.
Sin embargo, el sigiloso recorrido de la ronda en busca de cazadores furtivos le calmaba los nervios y lo distraía de sus pensamientos.
Pero cuando hubo completado su lenta y cautelosa ronda de inspección —era una caminata de casi cinco millas—, estaba cansado. Fue a la cima del montecillo y miró hacia fuera. No había más sonido que el ruido, el leve rumor de arrastre de la mina de Stacks Gate, que nunca dejaba de funcionar; y apenas había luces, salvo las brillantes hileras eléctricas de la fábrica. El mundo yacíase durmiendo, oscuro y brumoso. Eran las dos y media. Pero incluso en su sueño era un mundo inquieto y cruel, que se agitaba con el ruido de un tren o de algún gran camión en la carretera, y destellaba con algún relámpago rosado de los altos hornos. Era un mundo de hierro y carbón, la crueldad del hierro y el humo del carbón, y la codicia sin fin, sin fin, que lo impulsaba todo. Tan solo codicia, la codicia agitándose en su sueño.
Hacía frío y él tosía. Una fina y fría corriente de aire soplaba sobre la colina. Pensó en la mujer. Ahora habría dado todo lo que tenía o pudiera llegar a tener por tenerla abrigada en sus brazos, ambos envueltos en una sola manta, y dormir.