Clifford was so healthy, considering. He looked so well and ruddy, in the face, his shoulders were broad and strong, his chest deep, he had put on flesh.
And yet, at the same time, he was afraid of death. A terrible hollow seemed to menace him somewhere, somehow, a void, and into this void his energy would collapse.
Energyless, he felt at times he was dead, really dead.
De modo que sus ojos claros y bastante saltones tenían una expresión extraña, huidiza y, sin embargo, un poco cruel, tan fría; y, al mismo tiempo, casi impudentes. Era una mirada muy extraña, esta mirada de impunidad: como si triunfara sobre la vida a pesar de la vida.
«¿Quién conoce los misterios de la voluntad, pues puede triunfar aun contra los ángeles…»
Pero su terror eran las noches en que no podía dormir.
Entonces era verdaderamente terrible, cuando la aniquilación lo presionaba por todas partes. Entonces era espantoso, existir sin tener ninguna vida: sin vida, en la noche, existir.
Pero ahora podía llamar a la señora Bolton. Y ella siempre acudiría. Eso era un gran consuelo. Vendría en su bata, con el pelo hecho una trenza a la espalda, curiosamente aniñada y difusa, aunque la trenza castaña estaba surcada de canas. Y le prepararía café o té de manzanilla, y jugaría con él al ajedrez o al piquet. Poseía esa extraña facultad femenina de jugar al ajedrez lo bastante bien, incluso cuando estaba medio dormida, lo bastante bien como para que valiera la pena ganarle. Así, en la silenciosa intimidad de la noche, se sentaban, o ella se sentaba y él se quedaba tumbado en la cama, con la lámpara de lectura proyectando sobre ellos su