—Tal vez era demasiado sensible —dijo Connie.
—¡Ya está! Cuando llegas a conocer a los hombres, así es como son: demasiado sensibles donde no deben. Y creo que, sin él mismo saberlo, odiaba el pozo, sencillamente lo odiaba. Tenía un aspecto muy tranquilo cuando estaba muerto, como si se hubiera liberado. Era un muchacho de muy buen parecer. Se me partía el alma de verle, con un aspecto tan quieto y puro, como si hubiera querido morir. Oh, se me partía el alma, eso sí. Pero fue el pozo.
Ella derramó unas cuantas lágrimas amargas, y Connie lloró aún más. Era un cálido día de primavera, con perfume a tierra y a flores amarillas, muchas cosas brotando en capullos, y el jardín quieto con la savia misma del sol.
—¡Debió de ser terrible para ti! —dijo Connie.
—¡Oh, mi señora! Al principio no me di cuenta. Solo sabía decir: ¡Ay, hijo mío, para qué quisiste dejarme!—Esa era toda mi queja. Pero de algún modo sentía que él volvería.
—Pero él no quería abandonarte —dijo Connie.
—¡Oh, no, mi señora! Ese no fue más que mi grito tonto. Y yo seguía esperando que volviera. Especialmente por las noches. Me despertaba pensando: ¡Pues si no está en la cama conmigo! Era como si mis sentimientos no quisieran creer que se había ido. Sentía simplemente que tenía que volver y recostarse contra mí, para poder sentirlo conmigo. Eso era todo lo que quería, sentirlo ahí conmigo, abrigado. Y me costó mil golpes darme cuenta de que no volvería, me costó años.
—El roce de él —dijo Connie.
—¡Eso es, mi Señora! ¡El roce de él! Nunca lo he superado hasta el día de hoy, y jamás lo haré. Y si hay un cielo allá arriba, él estará allí, y se acurrucará junto a mí para que pueda dormir.