—Más bien sí —dijo Connie.
«¿Pongo la cena un cuarto de hora más tarde? Eso te daría tiempo para vestirte con tranquilidad».
“Tal vez sea mejor”.
El señor Linley era el director general de las minas de carbón, un hombre mayor del norte, con no la energía suficiente para complocar a Clifford; a la altura ni de las condiciones de la posguerra, ni de los mineros de la posguerra tampoco, con su doctrina de «ir despacio». Pero a Connie le gustaba el señor Linley, aunque se alegraba de ahorrarse el servilismo de su esposa.
Linley se quedó a cenar, y Connie era la anfitriona que tanto gustaba a los hombres, tan modesta, pero a la vez tan atenta y receptiva, con grandes y abiertos ojos azules y una blanda placidez que ocultaba lo suficiente lo que realmente pensaba. Connie había interpretado tanto este papel de mujer que ya era casi una segunda naturaleza para ella; pero aun así, decididamente secundaria. Sin embargo, era curioso cómo todo desaparecía de su conciencia mientras lo representaba.
Esperó pacientemente hasta poder subir y pensar sus propios pensamientos. Siempre estaba esperando, parecía ser su fuerte.
Una vez en su habitación, sin embargo, se sintió aún vaga y confusa. No sabía qué pensar. ¿Qué clase de hombre era, en realidad? ¿De verdad le gustaba ella? No mucho, sentía. Y sin embargo, era amable. Había algo, una especie de bondad cálida y naíf, curiosa y repentina, que casi le abría las entrañas hacia él. Pero sentía que él podía ser así de amable con cualquier mujer. Aunque, aun así, era curiosamente balsámico, reconfortante. Y era un hombre