«¡Una media virgen!», respondió Clifford, traduciendo la frase para estar seguro de ella.
Pensó por un momento, luego se puso muy rojo. Estaba enojado y ofendido.
“¿De qué manera no le sienta bien?”, preguntó con rigidez.
“Se está poniendo delgada... angulosa. No es su estilo. No es el tipo de jovencita flacucha como una sardina, es una hermosa trucha escocesa”.
“¡Sin las manchas, por supuesto!”, dijo Clifford.
Más tarde quiso decirle algo a Connie sobre el asunto de la demi-vierge … el estado de semivirginidad de sus asuntos. Pero no se atrevió a hacerlo.
Era, al mismo tiempo, demasiado íntimo con ella y no lo suficientemente íntimo. Estaba tan profundamente fundido con ella, en su mente y en la de ella, pero corporalmente eran inexistentes el uno para el otro, y ninguno de los dos podía soportar traer a colación el corpus delicti. Eran tan íntimos y, a la vez, se hallaban totalmente incomunicados.
Connie adivinó, sin embargo, que su padre había dicho algo, y que ese algo estaba en la mente de Clifford. Sabía que a él no le importaba si ella era demi-vierge o demi-monde, siempre y cuando no lo supiera con certeza y no tuviera que verlo. Lo que los ojos no ven y la mente no sabe, no existe.
Connie y Clifford llevaban ya casi dos años en Wragby, viviendo su vaga vida de absorción en Clifford y en su obra. Sus intereses nunca habían dejado de fundirse en torno a su trabajo. Hablaban y batallaban en los estertores de la composición, y sentían como si algo estuviera pasando, pasando de verdad, de verdad en el vacío.
Y hasta ahí era una vida: en el vacío. Por lo demás, era la inexistencia. Wragby estaba allí, los sirvientes... pero espectrales, sin existir realmente.