Llegaron a la cerca, más allá de la cual el joven abetal erizaba denso. Había una puertecilla, pero estaba con llave. En la hierba, del otro lado, había una botella vacía.
—Ahí está la botella de leche vacía del guarda —explicó la señora Flint—. Se la traemos hasta aquí y luego él pasa a recogerla.
—¿Cuándo? —dijo Connie.
—Oh, en cuanto él anda por aquí. A menudo por la mañana. Bueno, ¡adiós, Lady Chatterley! Y vuelva pronto. Ha sido encantador tenerla aquí.
Connie trepó por la valla hacia el estrecho sendero entre los densos y erizados abetos jóvenes. La señora Flint volvió corriendo por el pasto, con un sombrero de sol, porque en realidad era maestra de escuela.
A Constance no le gustaba esta nueva y densa parte del bosque; le parecía espantosa y agobiante. Apuró el paso con la cabeza gacha, pensando en el bebé de los Flint. Era una criatura adorable, pero saldría un poco zamba como su padre. Ya se le notaba, aunque tal vez se le corregiría con el tiempo.
¡Qué cálido y reconfortante era de algún modo tener un bebé, y cómo lo había presumido la señora Flint! Ella tenía algo, al menos, que Connie no tenía y al parecer no podía tener. Sí, la señora Flint había hecho gala de su maternidad. Y Connie había estado un poquito, solo un poquito celosa. No pudo evitarlo.
Salió de su ensoñación y dio un pequeño grito de miedo. Había un hombre allí.
Era el guarda, que estaba en el camino como el asno de Balaam, cerrándole el paso.
—¿Y esto qué tal? —dijo con sorpresa.