—¿De verdad? —dijo ella—. ¿Y me quieres?
La besó sin responder.
—Ven acá, déjame sacudirte el polvo —dijo.
Su mano recorrió las curvas de su cuerpo, con firmeza, sin deseo, pero con un conocimiento suave e íntimo.
Mientras corría a casa en la penumbra, el mundo parecía un sueño; los árboles del parque parecían hincharse y agitarse anclados a una marea, y el repecho de la cuesta hacia la casa estaba vivo.