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nydus/Lady Chatterley’s LoverPublic
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XVII

mujeres eficaces, a veces encantadoras, sabían un par de cosas sobre las realidades sensuales: le llevaban esa ventaja a sus bailadoras hermanas inglesas. Pero sabían aún menos de ternura. Secas, con la interminable tensión seca de la voluntad, ellas también se estaban marchitando. El mundo humano simplemente se estaba marchitando. Tal vez se volvería ferozmente destructivo. ¡Una especie de anarquía! ¡Clifford y su anarquía conservadora! Tal vez no seguiría siendo conservadora por mucho más tiempo. Tal vez derivaría en una anarquía de lo más radical.

Connie se descubrió a sí misma empequeñecida y temerosa del mundo.

A veces era feliz por un ratito en los bulevares, en el Bosque de Boulogne o en los Jardines de Luxemburgo. Pero París ya estaba lleno de estadounidenses e ingleses, estadounidenses extraños con los uniformes más estrafalarios, y los habituales ingleses sombríos que son tan desesperantes en el extranjero.

Se alegró de seguir conduciendo. De repente hacía un tiempo caluroso, así que Hilda iba a cruzar Suiza y el paso del Brennero, y luego las Dolomitas hasta llegar a Venecia. A Hilda le encantaba organizarlo todo, conducir y ser la dueña del cotarro. Connie se conformaba perfectamente con mantenerse callada.

Y el viaje fue la mar de agradable. Solo que Connie no dejaba de decirse: ¡Por qué no me importa de verdad! ¡Por qué nunca me emociono de verdad! ¡Qué horror que ya no me importe lo más mínimo el paisaje! Pero no me importa. Es bastante horrible. Soy como san Bernardo, que pudo navegar por el lago de Lucerna sin percatarse jamás de que había montañas y agua verde. Sencillamente, el paisaje ya me da igual. ¿Por qué habría de quedarse uno mirándolo? ¿Por qué? Me niego a hacerlo.

No, no encontró nada vital en Francia, ni en Suiza, ni en el Tirol, ni en Italia. Simplemente la pasearon en carro por todo aquello. Y todo era menos real que Wragby.

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