Luego abrió la puerta.
El exterior estaba bastante oscuro. El fiel perro bajo el porche se levantó con alegría al verle.
La llovizna de lluvia se arrastraba grismente por la oscuridad. Estaba bastante oscuro.
—Ah, me llevo ’l farol —dijo—. No habrá nadies.
Caminaba justo delante de ella por el sendero estrecho, balanceando baja la linterna de huracán, revelando la hierba mojada, las raíces de los árboles negras y brillantes como serpientes, flores marchitas. Por lo demás, todo era una neblina gris de lluvia y oscuridad absoluta.
—Ya vendrás a la cabaña algún día —dijo—, ¿o no? Total, tanto da robar una oveja como un cordero.
Le desconcertaba aquel deseo suyo, extraño e insistente, de tenerla, cuando no había nada entre ellos, cuando él nunca le hablaba de verdad, y, a pesar de sí misma, el dialecto le causaba resentimiento.
Su «tha mun 1 vienes» no parecía dirigido a ella, sino a una mujer cualquiera. Reconoció las hojas de digital del camino y sabía, más o menos, dónde estaban.
—Son las siete y cuarto —dijo—, lo conseguirás.
Había cambiado de tono, parecía notar la distancia que ella ponía. Al tomar la última curva del camino entre los árboles hacia la empalizada de avellanos y la puerta, apagó la luz.
—Desde aquí ya se ve —dijo, cogiéndola suavemente del brazo.
Pero era difícil, la tierra bajo sus pies era un misterio, pero avanzaba tanteando con los pasos: estaba acostumbrado.