comercios de telas y ropa, la oficina de correos, hasta llegar al pequeño mercado de espacio desolado, donde Sam Black asomaba por la puerta del «Sol», que se hacía llamar posada, no tabaco, y donde se alojaban los viajantes de comercio, y estaba haciendo una reverencia al coche de Lady Chatterley.
La iglesia quedaba a la izquierda, entre árboles negros. El coche siguió deslizándose cu cuesta abajo, pasando junto al Miners’ Arms.
Ya había pasado el Wellington, el Nelson, el Three Tunns y el Sun; ahora pasó junto al Miners’ Arms, luego por el Mechanics’ Hall, luego por el nuevo y casi llamativo Miners’ Welfare y así, pasando junto a unos cuantos «chalets» nuevos, salió a la carretera ennegrecida entre setos oscuros y campos de un verde oscuro, hacia Stacks Gate.
¡Tevershall! ¡Eso era Tevershall! ¡La alegre Inglaterra! ¡La Inglaterra de Shakespeare! No, sino la Inglaterra de hoy, tal como Connie se había dado cuenta desde que había venido a vivir en ella. Estaba produciendo una nueva raza de la humanidad, hiperconsciente en el aspecto monetario, social y político, pero en el aspecto espontáneo e intuitivo muerta, completamente muerta. Medios cadáveres, todos ellos: pero con una terrible e insistente consciencia en la otra mitad. Había algo siniestro y subterráneo en todo aquello. Era un inframundo. Y totalmente incalculable. ¿Cómo vamos a entender las reacciones en los medios cadáveres? Cuando Connie veía los grandes camiones llenos de siderúrgicos de Sheffield, seres extraños, deformados, más bien pequeños como hombres, que partían de excursión a Matlock, se le encogían las entrañas y pensaba: > ¡Ay, Dios, qué le ha hecho el hombre al hombre! ¿Qué les han estado haciendo los líderes de los hombres a sus prójimos? ¡Los han reducido a algo menor que