Connie era consciente, sin embargo, de una creciente inquietud. Fuera de su desconexión, una inquietud se apoderaba de ella como la locura.
Le crispaba las extremidades cuando ella no quería crisparlas.
Le sacudía la columna cuando ella no quería enderezarse, sino que prefería descansar cómodamente.
Le vibraba dentro del cuerpo, en el vientre, en alguna parte, hasta que sentía que tenía que saltar al agua y nadar para huir de aquello; una inquietud frenética.
Le hacía latir el corazón con violencia sin motivo alguno. Y estaba adelgazando.
Era solo inquietud. Echaba a correr por el parque, abandonaba a Clifford y se tendía boca abajo entre los helechos. Para alejarse de la casa... tenía que alejarse de la casa y de todo el mundo. El bosque era su único refugio, su santuario.
Pero no era en realidad un refugio, un santuario, porque ella no tenía ninguna conexión con él. Era solo un lugar donde podía alejarse de los demás. Nunca llegó a tocar realmente el espíritu del bosque en sí... si es que tenía semejante tontería.
Vagamente ella misma sabía que se estaba desmoronando de algún modo. Vagamente sabía que estaba desconectada: había perdido el contacto con el mundo sustancial y vital. Solo Clifford y sus libros, que no existían… ¡que no tenían nada dentro! Del vacío al vacío. Vagamente lo sabía. Pero era como dar contra una pared con la cabeza.
Su padre le advirtió de nuevo: