He estado en lo más profundo de las vidas lodosas de las Bertha Coutts de este mundo, y cuando, liberada de la corriente de chismes, vuelvo a emerger lentamente a la superficie, contemplo la luz del día maravillada de que alguna vez haya existido.
“Me parece absolutamente cierto que nuestro mundo, que nos parece la superficie de todas las cosas, es en realidad el fondo de un océano profundo: todos nuestros árboles son crecimientos submarinos, y nosotros somos una fauna submarina extraña y revestida de escamas, que nos alimentamos de despojos como las quisquillas. Solo de vez en cuando el alma asciende jadeante a través de las inescrutables honduras bajo las cuales vivimos, muy arriba hasta la superficie del éter, donde hay aire verdadero. Estoy convencido de que el aire que respiramos normalmente es una especie de agua, y los hombres y las mujeres somos una especie de pez.
“Pero a veces el alma sí asciende, se dispara como una gaviota tridáctila hacia la luz, con éxtasis, tras haber devorado en las profundidades submarinas.
Es nuestro destino moral, supongo, cazar la espantosa vida subacuática de nuestros semejantes, en la selva submarina de la humanidad.
Pero nuestro destino inmortal es escapar, una vez que hemos tragado nuestra mareante captura, de nuevo hacia el éter brillante, estallando desde la superficie del Viejo Océano hacia la auténtica luz. Entonces uno comprende su naturaleza eterna.
“Cuando oigo hablar a la señora Bolton, siento que me hundo, me hundo, hasta las profundidades donde los peces de los secretos humanos se retuercen y nadan. El apetito carnal hace que uno agarre un bocado de presa: luego arriba, otra vez arriba, de lo denso a lo etéreo, de lo húmedo a lo seco. A ti te puedo contar todo el proceso. Pero con la señora Bolton solo siento la inmersión hacia abajo, hacia abajo, horriblemente, entre las algas y los pálidos monstruos del fondo más hondo.