le entusiasmaba la presencia de tantas mujeres jóvenes y apuestas. Lady Cooper era una persona callada y felina que lo pasaba bastante mal, pobrecita, y que observaba a cualquier otra mujer con una fría vigilancia que se había convertido en su segunda naturaleza, y que soltaba frasecitas frías y desagradables que demostraban la opinión tan sumamente baja que tenía de toda la naturaleza humana. También era bastante y venenosamente autoritaria con los sirvientes, según descubrió Connie, pero de un modo silencioso. Y se comportaba con habilidad para que Sir Alexander se creyera el señor y monarca de todo el cotarro, con su panza abultada y pretendidamente afable, y sus bromas aburridísimas, su humorismo, como lo llamaba Hilda.
Sir Malcolm estaba pintando. Sí, todavía hacía algún que otro paisaje de una laguna veneciana de vez en cuando, en contraste con sus paisajes escoceses. Así que por la mañana lo llevaban en barca con un enorme lienzo hasta su «lugar».
Un poco más tarde, a Lady Cooper la llevaban en barca hacia el corazón de la ciudad, con bloc de dibujo y pinturas. Era una acuarelista empedernida, y la casa estaba llena de palacios de color rosa, canales oscuros, puentes oscilantes, fachadas medievales y demás.
Un poco más tarde, los Guthrie, el príncipe, la condesa, Sir Alexander y a veces el señor Lind, el capellán, se iban al Lido, donde se bañaban, y volvían a casa para almorzar tarde, a la una y media.
La reunión en la casa, como reunión, era francamente aburrida. Pero esto no preocupaba a las hermanas. Estaban fuera todo el tiempo. Su padre las llevaba a la exposición, a recorrer millas y millas de fatigosas pinturas. Las llevaba a ver a todos sus amigotes de la Villa Lucchese, se sentaba con ellas en las cálidas noches de la plaza, tras conseguir una mesa en Florian’s; las llevaba al teatro, a las obras de Goldoni. Había fiestas acuáticas iluminadas, había bailes.