Todas las esperanzas de la eternidad y todo el provecho del pasado los habría dado por tenerla allí, para estar abrigado con ella en una sola manta, y dormir, tan solo dormir. Parecía que el dormir con la mujer en sus brazos era la única necesidad.
Fue a la choza, se envolvió en la manta y se tendió en el suelo para dormir. Pero no pudo, tenía frío. Y, además, sentía crueldad en su propia naturaleza inacabada. Sentía con crueldad su propia condición inacabada de soledad. La quería a ella, tocarla, tenerla bien prendida contra sí en un momento de plenitud y dormir.
Volvió a levantarse y salió, esta vez hacia las puertas del parque: luego, lentamente por el sendero hacia la casa. Eran casi las cuatro, aún despejado y frío, pero sin rastro del alba. Estaba tan acostumbrado a la oscuridad que veía bien.
Lentamente, lentamente la gran casa lo atraía como un imán. Quería estar cerca de ella. No era deseo, no eso. Era la cruel sensación de una soledad inconclusa, que necesitaba a una mujer silenciosa abrazada a su pecho.
Tal vez pudiera encontrarla. Tal vez incluso pudiera llamarla para que saliera con él, o encontrar algún modo de entrar. Pues la necesidad era imperiosa.
Subió lenta y silenciosamente por la pendiente hacia la mansión.
Luego rodeó los grandes árboles en la cima de la colina y salió al camino de entrada, que hacía una gran curva alrededor de un sector romboidal de césped frente a la entrada.
Ya alcanzaba a ver las dos magníficas hayas que se alzaban en este gran rombo nivelado frente a la casa, recortándose oscuramente en el aire oscuro.