venir a la caseta un día». La detestaría y la despreciaría, pues había llegado casi a aborrecer el ascenso de las clases trabajadoras. Un hombre de su propia clase no le importaría, pues Connie estaba dotada por naturaleza con esa apariencia de doncella recatada y sumisa, y tal vez formaba parte de su naturaleza. Winter la llamaba «querida niña» y le regaló una miniatura bastante hermosa de una dama del siglo XVIII, más bien en contra de su voluntad.
Pero Connie estaba preocupada por su aventura con el guardabosque. Al fin y al cabo, el señor Winter, que era realmente un caballero y un hombre de mundo, la trataba como a una persona y a un individuo con discernimiento; no la metía en el mismo saco que a todo el resto de su género femenino con su «tú» (thee y tha).
Ella no fue al bosque ese día ni al siguiente, ni al otro. No fue en tanto sintió, o imaginó que sentía, que el hombre la esperaba, que la deseaba. Pero el cuarto día se sentía terriblemente inquieta e incómoda. Aún se negaba a ir al bosque y abrirle los muslos una vez más al hombre. Pensó en todas las cosas que podría hacer—ir en coche a Sheffield, hacer visitas—, y la idea de todas esas cosas le resultaba repugnante. Por fin decidió dar un paseo, no hacia el bosque, sino en dirección contraria; iría a Marehay, a través de la pequeña verja de hierro al otro lado de la cerca del parque. Era un día apacible y gris de primavera, casi templado. Caminó sin prestar atención, absorta en pensamientos de los que ni siquiera era consciente. En realidad, no era consciente de nada exterior, hasta que la sobresaltó los fuertes ladridos del perro en la granja de Marehay. ¡La granja de Marehay! Sus pastos llegaban hasta la cerca del parque de Wragby, de modo que eran vecinos, pero hacía ya un tiempo que Connie no iba de visita.
—¡Bell! —dijo al gran bull-terrier blanco—. ¡Bell! ¿Te has olvidado de mí? ¿No me conoces? —Le daban miedo los perros, y Bell se echó atrás y