«¿Por qué no te buscas un novio, Connie? Te vendría de
Aquel invierno Michaelis vino por unos días. Era un joven irlandés que ya había hecho una gran fortuna con sus obras de teatro en América. La alta sociedad londinense lo había acogido con bastante entusiasmo durante un tiempo, pues escribía obras sobre la alta sociedad. Luego, gradualmente, la alta sociedad se dio a sí misma cuenta de que había sido puesta en ridículo a manos de un desarrapado ratero callejero de Dublín, y sobrevino la aversión. Michaelis pasó a ser el colmo de lo grosero y advenedizo. Se descubrió que era antiinglés, y para la clase que hizo este descubrimiento esto era peor que el más sucio de los crímenes. Le retiraron por completo la palabra, y su cadáver fue arrojado al cubo de la basura.
Sin embargo, Michaelis tenía su apartamento en Mayfair, y paseaba por Bond Street convertido en la viva imagen de un caballero, pues ni siquiera a los mejores sastres se les puede convencer de que rechacen a sus clientes de baja categoría, siempre y cuando esos clientes paguen.
Clifford estaba invitando al joven de treinta años en un momento poco propicio en la carrera de ese joven. Sin embargo, Clifford no dudó. Michaelis tenía llegada a unos cuantos millones de personas, probablemente; y, al ser un advenedizo sin remedio, sin duda estaría agradecido de que lo invitaran a Wragby en esta coyuntura, cuando el resto del mundo elegante le estaba dando la espalda. Al estar agradecido, sin duda le haría un “favor” a Clifford allí en América. ¡Prestigio! Uno obtiene mucho prestigio, sea lo que sea eso, cuando hablan de uno de la manera correcta, especialmente “allá”. Clifford era un hombre con futuro; y era notable el sano instinto publicitario que poseía. A fin de cuentas, Michaelis lo encumbró noblemente en una obra de teatro, y Clifford fue una especie de héroe