—No será por decir cosas amables que se le vaya a gastar la lengua —dijo el boticario, en cuanto se quedó a solas con la dueña de la posada.
—Nunca habla más —respondió ella—. La semana pasada estuvieron aquí dos viajeros del ramo de textiles; unos muchachos muy avispados que contaban unos chistes por la noche que me hacían llorar de risa, y él se quedó ahí plantado como un abadejo y sin decir una palabra.
—Sí —observó el químico—; nada de imaginación, nada de salidas de tono, nada de lo que hace al hombre de sociedad.
—Y sin embargo, dicen que tiene talento —objetó la dueña de la pensión.
—¡Talento! —respondió el señor Homais—. ¿Él, talento? En su especialidad, quizá —añadió en un tono más calmado—. Y prosiguió:
“¡Ah! Que un comerciante, que tiene grandes relaciones, un jurisconsulto, un médico, un boticario, sean así de distraídos, que se vuelvan caprichosos o incluso biliosos, lo comprendo; tales casos se citan en la historia. Pero al menos es porque están pensando en algo. Yo mismo, por ejemplo, ¡cuántas veces me habrá sucedido buscar en el escritorio la pluma para escribir una etiqueta y darme cuenta, después de todo, de que me la había puesto detrás de la oreja!”
Madame Lefrançois se dirigió en ese momento a la puerta para ver si venía la Hirondelle. Dio un sobresalto.
Un hombre vestido de negro entró repentinamente en la cocina. A la última claridad del crepúsculo se podía ver que su rostro era rubicundo y su complexión atlética.
—¿Qué puedo hacer por usted, Monsieur le curé? —preguntó la patrona, mientras descolgaba de la chimenea uno de los candelabros de cobre que estaban colocados con sus velas en fila—. ¿Tomará algo? ¿Un dedal de casis? ¿Un vaso de vino?