Madame Bovary dijo que iba a ver a su hijo, pero que empezaba a sentirse cansada.
—Si... —dijo Léon, sin atreverse a continuar.
“¿Tiene usted algún asunto que atender?”, preguntó ella.
Y a la respuesta del amanuense, le rogó que la acompañara. Aquella misma tarde se supo esto en Yonville, y la señora Tuvache, esposa del alcalde, declaró en presencia de su criada que «la señora Bovary se estaba comprometiendo».
Para ir a casa de la nodriza era necesario torcer a la izquierda al salir de la calle, como si se fuera hacia el cementerio, y seguir entre casitas y corrales un caminito bordeado de aligustres.
Estaban en flor, al igual que las verónicas, las eglantinas, los cardos y la zarzarrosa que brotaba de los matorrales.
A través de las aberturas de los setos se veían chozas, unos cerdos sobre un estercolero, o vacas atadas que se frotaban los cuernos contra el tronco de los árboles.
Los dos, codo con codo, caminaban despacio, ella apoyada en él, y él conteniendo el paso, que regulaba según el de ella; delante de ellos un enjambre de mosquitos revoloteaba, zumbando en el aire cálido.
Reconocieron la casa por un viejo nogal que la daba sombra.
Bajo y cubierto de tejas marrones, pendía de su fachada, debajo de la buhardilla, una sarta de cebollas.