Una cosa extraña era que Bovary, al pensar continuamente en Emma, la iba olvidando. Se desesperaba al sentir que aquella imagen se borraba de su memoria a pesar de todos sus esfuerzos por retenerla. Sin embargo, todas las noches soñaba con ella; era siempre el mismo sueño. Se acercaba a ella, pero cuando iba a abrazarla, ella se descompone en sus brazos.
Durante una semana se le vio ir a misa por la tarde. el señor Bournisien incluso le hizo dos o tres visitas, y luego lo dio por imposible.
Además, el viejo se estaba volviendo intolerante, fanático, decía Homais. Tronaba contra el espíritu del siglo, y nunca dejaba, semana de por medio, de relatar en su sermón la agonía de Voltaire, quien murió devorando sus excrementos, como todo el mundo sabe.
A pesar de la economía con la que vivía Bovary, estaba muy lejos de poder pagar sus viejas deudas. Lheureux se negó a renovarle más letras. Un embargo era inminente. Entonces él recurrió a su madre, quien accedió a dejarle hipotecar su propiedad, pero con muchísimas recriminaciones contra Emma; y a cambio de su sacrificio pidió un chal que se había librado de las depredaciones de Félicité. Charles se negó a dárselo; se pelearon.
Ella dio los primeros pasos hacia la reconciliación al proponer que la pequeña, que podía ayudarle en la casa, fuera a vivir con ella. Charles accedió, pero al llegar el momento de la separación, le faltó por completo el valor. Entonces se produjo una ruptura definitiva y total.
A medida que sus afectos se desvanecían, se aferró con más fuerza al amor de su hija. Sin embargo, ella le preocupaba, pues a veces tosía y tenía manchas rojas en las mejillas.
Frente a su casa, próspera y alegre, vivía la familia del boticario, a quien todo le iba bien en la vida. Napoléon le ayudaba en el laboratorio, Athalie le bordaba un solideo, Irma recortaba círculos de papel para