calidez de la ternura; pero como la tempestad aún arreciaba, y como la pasión se consumía hasta las mismas cenizas, y no llegaba ninguna ayuda, ningún sol se alzaba, había noche por todas partes, y ella se encontraba perdida en el terrible frío que la atravesaba.
Entonces los días malos de Tostes volvieron a empezar. Se consideraba ahora mucho más infeliz; pues tenía la experiencia del dolor, con la certeza de que este no terminaría.
Una mujer que se había impuesta tales sacrificios bien podía permitirse ciertos caprichos.
- Compró un reclinatorio gótico, y en un mes gastó catorce francos en limones para pulirse las uñas;
- escribió a Ruan pidiendo un vestido de cachemira azul;
- escogió uno de los mejores pañuelos de Lheureux y se lo puso atado a la cintura sobre la bata;
- y, con las persianas cerradas y un libro en la mano, se quedaba tendida en un diván ataviada de ese modo.
A menudo cambiaba de peinado; se peinaba a la china, con rizos sueltos, con trenzas enrolladas; se hacía la raya a un lado y se lo recogía hacia dentro como los hombres.
Quería aprender italiano; compró diccionarios, una gramática y una provisión de papel blanco. Intentó con lecturas serias, historia y filosofía.
A veces, por la noche, Charles se despertaba sobresaltado, creyendo que lo llamaban para un paciente. «Ya voy», balbuceaba; y era el ruido de una cerilla que Emma había encendido para volver a encender la lámpara.
Pero a sus lecturas les pasó lo mismo que a su labor de bordado, de la cual, apenas empezada, llenaba su armario; la tomaba, la dejaba, pasaba a otros libros.