Ahora bien, los cerezos no se daban bien en Vaubyessard; el Marqués le pidió esquejes a Bovary; se ocupó de agradecerle personalmente; vio a Emma; pensó que tenía buena silueta y que no saludaba como una campesina, de modo que no creyó ir más allá de los límites de la condescendencia, ni tampoco equivocarse, al invitar al joven matrimonio.
El miércoles a las tres, el señor y la señora Bovary, sentados en su calesa, partieron hacia Vaubyessard, con un gran baúl atado en la parte trasera y una caja de sombreros delante del faldón. Además de esto, Charles llevaba una sombrerera entre las rodillas.
Llegaron al caer la noche, justo cuando las farolas del parque se encendían para mostrar el camino a los carruajes.