Desconsolado, vacilante, tambaleándose, Charles deambulaba por la habitación. Tropezaba con los muebles, se arracaba los cabellos, y el farmacéutico jamás había creído que pudiera haber un espectáculo tan terrible.
Se fue a casa a escribir a monsieur Canivet y al doctor Larivière. Perdió la cabeza y redactó más de quince borradores. Hipólito fue a Neufchâtel, y Justin espoleó de tal modo el caballo de Bovary que lo dejó reventado y medio muerto junto a la cuesta de Bois-Guillaume.
Charles intentó consultar su diccionario médico, pero no pudo leerlo; las líneas estaban bailando.
—Calmase —dijo el boticario—; solo tenemos que administrar un antídoto poderoso. ¿Cuál es el veneno?
Charles le mostró la carta. Era arsénico.
—Muy bien —dijo Homais—, hay que hacer un análisis.
Pues sabía que en los casos de envenenamiento hay que hacer un análisis; y el otro, que no comprendía, respondió:—
“¡Oh, haz algo! ¡Sálvala!”
Luego, volviéndose hacia ella, se dejó caer sobre la alfombra, y quedó allí con la cabeza apoyada contra el borde de su cama, sollozando.
—No llores —le dijo—. Pronto no te molestaré más.
“¿Por qué fue? ¿Quién te empujó a hacerlo?”
Ella respondió.
“¡Tenía que ser, querida mía!”