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nydus/Madame BovaryPublic
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XII

Jamás le había parecido Charles tan desagradable, ni con unos dedos tan torpes, ni con unos modales tan vulgares, ni tan aburrido como cuando se encontraban juntos después de haberse visto con Rodolphe. Entonces, haciendo el papel de esposa y de virtuosa, se abrasaba al pensar en aquella cabeza cuyo cabello negro caía en rizo sobre la frente tostada por el sol, en aquel cuerpo a la vez tan fuerte y elegante, en aquel hombre, en una palabra, que tenía tanta experiencia en su razonamiento y tanta pasión en sus deseos. Era para él para quien se limaba las uñas con el esmero de un cincelador, y para quien nunca había crema fría suficiente para su cutis, ni pachulí para sus pañuelos. Se cargaba de pulseras, anillos y collares. Cuando él iba a venir, llenaba de rosas los dos grandes jarrones de vidrio azul, y preparaba su cuarto y su persona como una cortesana que espera a un príncipe. Había que hacer lavar la ropa continuamente a la criada, y en todo el día Félicité no se movía de la cocina, donde el pequeño Justin, que le hacía compañía a menudo, la miraba trabajar.

Con los codos apoyados en la larga tabla sobre la cual ella planchaba, él contemplaba con avidez toda esta ropa de mujer extendida a su alrededor, las enaguas de cotí, los pañuelos para el cuello, los cuellos y los calzones con cordón corredizo, anchos de caderas y más estrechos abajo.

—¿Para qué sirve eso? —preguntó el muchacho, pasando la mano por la crinolina o los ganchos y ojetes.

—Vaya, ¿pues no ha visto nunca nada? —respondió Félicité riendo—. Como si su señora, madame Homais, no llevara uno igual.

—¡Oh, eso no lo diego! ¡Madame Homais!

Y añadió con aire meditabundo: —¡Como si fuera una señora como la señora!

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