Cerca de las máquinas de picar maíz, unas gallinas cacareantes pasaban el cuello entre los barrotes de unas jaulas planas.
La gente, apiñada en el mismo lugar y reacia a moverse de allí, amenazaba a veces con romper el escaparate de la botica. Los miércoles su tienda nunca estaba vacía, y la gente entraba a empujones menos a comprar medicamentos que para consultas. Tan grande era la reputación de Homais en los pueblos vecinos. Su robusto aplomo había fascinado a los lugareños. Lo consideraban un médico mayor que todos los médicos.
Emma se asomaba a la ventana; a menudo estaba allí. La ventana en provincias reemplaza al teatro y al paseo, ella se entretenía mirando a la turba de patanes cuando vio a un caballero con casaca de terciopelo verde. Llevaba guantes amarillos, a pesar de usar polainas gruesas; se iba acercando a la casa del