lo que había ansiado, todo lo que se había negado, todo lo que podría haber tenido! ¿Y para qué? ¿Para qué?
En medio del silencio que pendía sobre el pueblo, un grito desgarrador se alzó en el aire.
Bovary se puso pálida hasta el desmayo. Frunció el ceño con un gesto nervioso y luego continuó.
¡Y era por él, por este ser, por este hombre que no comprendía nada, que no sentía nada! ¡Pues él estaba allí muy tranquilo, sin sospechar siquiera que el ridículo de su nombre mancharía en adelante el de ella tanto como el suyo!
¡Había hecho esfuerzos por amarlo, y se había arrepentido entre lágrimas de haberse entregado a otro!
—¡Pero si quizás era un valgus! —exclamó de pronto Bovary, que estaba meditando.
Al inesperado impacto de aquella frase, que cayó en su pensamiento como una bala de plomo sobre un plato de plata, Emma, estremecida, levantó la cabeza para averiguar qué quería decir; y se miraron en silencio, casi asombrados de verse, tan separados estaban por sus pensamientos íntimos. Carlos la contemplaba con la mirada apagada de un borracho, mientras escuchaba inmóvil los últimos gritos de la sufriente, que se sucedían en modulaciones prolongadas, quebradas por agudos espasmos como el aullido lejano de alguna bestia que están desollando. Emma se mordió los labios pálidos y, haciendo rodar entre sus dedos un trozo de coral que había roto, clavó en Carlos la mirada ardiente de sus ojos como dos flechas de fuego dispuestas a dispararse. Todo en él la irritaba ahora; su rostro, su ropa, lo que callaba, toda su persona, su existencia, en fin.