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nydus/Madame BovaryPublic
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IX

paseaba todo el día de la alcaldía a la iglesia, sombrío y a la espera de clientes. Cuando Madame Bovary levantaba la vista, lo veía siempre allí, como un centinela de guardia, con el casquete sobre las orejas y el chaleco de estameña.

A veces por la tarde, ante la ventana de su cuarto, aparecía la cabeza de un hombre, una cabeza morena de negras patillas, que sonreía lentamente, con una sonrisa amplia y apacible que dejaba ver sus dientes blancos. Inmediatamente empezaba un vals y, en el órgano, dentro de un saloncito, bailarines del tamaño de un dedo —mujeres con turbantes rosas, tiroleses con chaqueta, monos de levita, caballeros de calzón corto— giraban y giraban entre los sofás y las consolas, multiplicados en los trozos de espejo unidos por las esquinas con un papel dorado. El hombre giraba la manivela, mirando a derecha e izquierda y hacia las ventanas. De vez en cuando, mientras lanzaba un largo chorro de saliva marrón contra el mojón, levantaba con la rodilla el instrumento, cuyas duras correas le cansaban el hombro; y ahora, melancólica y arrastrada, o alegre y precipitada, la música escapaba de la caja, zumbando a través de una cortina de tafetán rosa bajo una garra de latón en arabesco. Eran aires tocados en otras partes, en los teatros, cantados en los salones, bailados por la noche bajo las arañas iluminadas, ecos del mundo que llegaban hasta Emma. Incesantes zarabandas le zumbaban en la cabeza y, como una bailarina india sobre las flores de una alfombra, sus pensamientos saltaban al compás de las notas, oscilando de sueño en sueño, de tristeza en tristeza.

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