en este carruaje amarillo donde León había vuelto tantas veces a su lado, y por aquella ruta de allí abajo por donde se había ido para siempre. Le pareció verlo enfrente, en sus ventanas; luego todo se confundió; las nubes se amontonaron; le pareció que volvía a dar vueltas en el vals, bajo la luz de las lámparas, del brazo del vizconde, y que León no estaba lejos, que venía; y al mismo tiempo era consciente del aroma de la cabeza de Rodolphe a su lado.
Esta dulzura de sensación atravesó sus antiguos deseos, y estos, como granos de arena bajo una ráfaga de viento, giraban en torbellino al sutil soplo del perfume que invadía su alma. Abrió bien los fosos nasales varias veces para beberse la frescura de la hiedra en torno a los capiteles. Se quitó los guantes, se secó las manos, luego se abanicó el rostro con el pañuelo, mientras a través del latir de sus sienes oía el murmullo de la multitud y la voz del consejero entonando sus frases. Él decía: «Continuad, persevera; no escuchéis ni las sugerencias de la rutina, ni los consejos apresurados de un empirismo temerario».
«Aplicados, sobre todo, a la mejora de la tierra, a los buenos abonos, al desarrollo de las razas equina, bovina, ovina y porcina.
Que estas exposiciones sean para vosotros arenas pacíficas, donde el vencedor al salir de ellas tienda la mano al vencido y fraternice con él en la esperanza de un éxito mejor.
Y vosotros, ancianos servidores, humildes domésticos, cuyo duro trabajo ningún Gobierno hasta el día de hoy ha tomado en consideración, venid aquí a recibir la recompensa de vuestras virtudes silenciosas, y estad seguros de que el Estado en adelante os tiene bajo su mirada; de que os anima, os protege; de que accederá a vuestras justas demandas y aliviará en la medida de lo posible el peso de vuestros penosos sacrificios».