CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Madame BovaryPublic
Página 140 de 469
Table of Contents

V. La hilandería

Nadie sabía qué había sido en el pasado; buhonero decían unos, banquero en Routot según otros. Lo seguro es que hacía en su cabeza cálculos complejos que habrían asustado al propio Binet. Cortés hasta el servilismo, se mantenía siempre con la espalda curvada en la postura de quien saluda o de quien invita.

Después de dejar en la puerta su sombrero rodeado de crespón, depositó una sombrerera verde sobre la mesa y comenzó por quejarse a madame, con muchas cortesías, de que hubiera permanecido hasta ese día sin ganarse su confianza.

Una humilde tienda como la suya no estaba hecha para atraer a una «dama elegante» —subrayó las palabras—; sin embargo, a ella le bastaba con ordenar, y él se comprometería a procurarle todo cuanto pudiera desear, ya fuera en quincalla o lencería, sombrerería o artículos de fantasía, pues iba a la ciudad regularmente cuatro veces al mes.

Estaba relacionado con las mejores casas. Se podía hablar de él en el Trois Frères, en el Barbe d’Or o en el Grand Sauvage; todos esos caballeros lo conocían como la palma de su mano.

Hoy, pues, había venido a mostrar a madame, de paso, diversos artículos que casualmente llevaba, gracias a la más rara oportunidad. Y sacó de la caja media docena de cuellos bordados.

Madame Bovary los examinó.

—No necesito nada —dijo ella.

Entonces Monsieur Lheureux expuso delicadamente tres pañuelos argelinos, varios paquetes de agujas inglesas, un par de zapatillas de paja y, por último, cuatro hueveras de madera de coco, caladas a mano por los presidiarios.

140