De un solo salto bajó la escalera.
—¡Un poco de vinagre! —gritó—. ¡Ay, Dios mío! ¡Dos a la vez!
Y en su emoción apenas acertaba a ponerse la compresa.
—No es nada —dijo el señor Boulanger con calma, tomando a Justin en brazos. Lo sentó sobre la mesa con la espalda apoyada contra la pared.
Madame Bovary empezó a quitarle la corbata. Los cordones de la camisa se habían hecho un nudo, y ella estuvo durante unos minutos moviendo sus ligeros dedos alrededor del cuello del muchacho. Luego vertió un poco de vinagre en su pañuelo de batista, le humedeció las sienes con pequeños golpecitos y después sopló sobre ellas suavemente.
El labrador volvió en sí, pero el síncope de Justin aún duraba, y sus globos oculares desaparecían en la pálida esclerótica como flores azules en la leche.
—Debemos ocultarle esto —dijo Charles.
Madame Bovary cogió la jofaina para meterla debajo de la mesa. Con el movimiento que hizo al agacharse, su vestido (era un vestido de verano de cuatro volantes, amarillo, largo de talle y ancho de falda) se extendió a su alrededor sobre las baldosas de la habitación; y como Emma, inclinándose, tambaleó un poco al estirar los brazos, la tela cedía aquí y allá a las curvas de su busto.
Luego fue a buscar una botella de agua y estaba derritiendo unos trozos de azúcar cuando llegó el boticario. La criada había ido a buscarlo en medio del tumulto. Al ver a su discípulo con los ojos abiertos, respiró hondo; luego, dándole la vuelta, lo miró de pies a cabeza.
—¡Necio! —dijo—, ¡verdaderamente un pobrecillo necio! ¡Un necio de remate! ¡Una sangría es gran cosa, no faltaría más! Y un tipo al que no