serenidad.
Emma sintió al principio una gran sorpresa; después estaba impaciente por dar a luz para saber lo que era ser madre.
Pero, no pudiendo gastar tanto como le hubiera gustado, para tener una cuna colgada con cortinas de seda rosa y gorritos bordados, en un acceso de amargura dejó de ocuparse del ajuar y lo encargó todo a una costurera del pueblo, sin elegir ni discutir nada.
Así no se divirtió con aquellos preparativos que estimulan la ternura de las madres, y de este modo su afecto quedó tal vez, desde el principio mismo, un tanto debilitado.
Como Charles, sin embargo, hablaba del muchacho en cada comida, ella pronto comenzó a pensar en él de forma más continuada.
Esperaba un hijo; sería fuerte y moreno; lo llamaría Jorge; y esta idea de tener un hijo varón era como una venganza esperada por toda su impotencia pasada.
Un hombre, al menos, es libre; puede recorrer pasiones y países, superar obstáculos, probar los placeres más lejanos.
Pero una mujer está siempre cohibida. A la vez inerte y flexible, tiene en su contra la debilidad de la carne y la dependencia legal. Su voluntad, como el velo de su sombrero, sujeto por un cordón, ondea a todos los vientos; siempre hay algún deseo que la arrastra, alguna convencionalidad que la frena.
Dio a luz un domingo hacia las seis, cuando salía el sol.
—¡Es una niña! —dijo Carlos.
Apartó la cabeza y se desmayó.