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nydus/Madame BovaryPublic
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IX

Volvió a oír las risas de los alegres muchachos bajo los manzanos: la habitación se llenaba con el perfume de sus cabellos; y su vestido crujía en sus brazos con un ruido semejante a la electricidad. El vestido seguía siendo el mismo.

Durante mucho tiempo rememoró así todas sus alegrías perdidas, sus posturas, sus movimientos, el sonido de su voz. A un ataque de desesperación le seguía otro, y aun otros, inagotables como las olas de un mar desbordado.

Una terrible curiosidad se apoderó de él. Lentamente, con la punta de los dedos, palpitando, le levantó el velo. Pero lanzó un grito de horror que despertó a los otros dos.

Lo arrastraron hasta la salita.

Luego Félicité subió a decir que quería un poco de su pelo.

—Corte un poco —respondió el boticario.

Y como ella no se atrevía, él mismo dio un paso al frente, con las tijeras en la mano. Le temblaba tanto el pulso que le pinchó la piel de la sien en varios sitios. Por fin, sobreponiéndose a la emoción, Homais dio dos o tres grandes trasquilones al azar que dejaron calvas blancas en medio de aquella hermosa cabellera negra.

El farmacéutico y el cura se sumergieron de nuevo en sus ocupaciones, no sin dormir de vez en cuando, de lo cual se acusaban recíprocamente a cada nuevo despertar.

Luego, el señor Bournisien roció la habitación con agua bendita y Homais arrojó un poco de agua con cloro al suelo.

Félicité había tenido cuidado de poner sobre la cómoda, para cada uno de ellos, una botella de aguardiente, un poco de queso y una barra de

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