En otras ocasiones, cuando el señor cura, de regreso tras administrar el viático a algún enfermo de los alrededores, divisaba a Charles correteando por los campos, lo llamaba, lo regañaba durante un cuarto de hora y aprovechaba la ocasión para hacerle conjugar el verbo al pie de un árbol. La lluvia los interrumpía o pasaba algún conocido. A pesar de todo, siempre estaba contento con él, y llegó a decir que el «joven» tenía muy buena memoria.
Charles no podía seguir así. Madame Bovary tomó medidas drásticas. Avergüenzado, o más bien agotado, el señor Bovary cedió sin luchar, y esperaron un año más para que el muchacho hiciera la primera comunión.
Pasaron seis meses más, y al año siguiente Charles fue por fin enviado al colegio a Rouen, adonde su padre lo llevó hacia finales de octubre, por la época de la feria de San Román.
Ahora nos sería imposible recordar nada de él.
Era un muchacho de temperamento ecuánime, que jugaba en el recreo, trabajaba en las horas de clase, era atento en el aula, dormía bien en el dormitorio y comía bien en el refectorio.
Tenía in loco parentis a un ferretero mayorista de la Rue Ganterie, que lo sacaba una vez al mes, los domingos, después de cerrar la tienda, lo mandaba a dar un paseo por el muelle para mirar los barcos y luego lo devolvía al colegio a las siete, antes de cenar.
Todos los jueves por la tarde le escribía una larga carta a su madre con tinta roja y tres obleas de sellar; luego repasaba sus cuadernos de historia o leía un viejo tomo de Anacarsis que andaba por el estudio.
Cuando iba de paseo hablaba con el criado que, como él, venía del campo.