—¿Qué, en efecto? —dijo, clavando en él sus grandes ojos negros muy abiertos.
—Uno no piensa en nada —continumessageInfoó—; las horas se deslizan. Inmóviles recorremos países que creemos ver, y vuestro pensamiento, confundiéndose con la ficción, jugando con los detalles, sigue el perfil de las aventuras. Se mezcla con los personajes, y parece como si fuera uno mismo quien palpita bajo sus disfraces.
—¡Eso es verdad! ¡Eso es verdad! —dijo ella.
—¿No le ha sucedido nunca —continuó Léon— encontrarse en un libro con alguna idea propia que era vaga, con alguna imagen borrosa que le vuelve a uno de lejos, y como la expresión más completa de su sentimiento más insignificante?
—Lo he experimentado —respondió ella.
—Por eso —dijo—, amo especialmente a los poetas. Pienso que el verso es más tierno que la prosa, y que con mucha mayor facilidad arranca lágrimas.
—Aun así, a la larga es agotador —continuó Emma—. En cambio, yo adoro las historias que avanzan sin aliento, que asustan. Detesto a los héroes corrientes y a los sentimientos moderados, como los que hay en la naturaleza.
—En realidad —observó el dependiente—, estas obras, al no tocar el corazón, señorita, me parece que se desvían del verdadero fin del arte. Es tan dulce, en medio de todos los desencantos de la vida, poder detenerse en el pensamiento en caracteres nobles, afectos puros y cuadros de felicidad. Para mí, que vivo aquí lejos del mundo, esta es mi única distracción; pero Yonville ofrece tan pocos recursos.
—Como en Tostes, sin duda —respondió Emma—; y por eso siempre me aboné a un gabinete de lectura.