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nydus/Madame BovaryPublic
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XI

Félicité llevaba ahora los vestidos de Madame Bovary; no todos, pues él se había quedado con algunos y entraba a mirarlos en su vestidor, encerrándose allí; tenía casi su estatura y a menudo Charles, al verla de espaldas, sufría una ilusión y exclamaba:

“¡Oh, quédate, quédate!”

Pero en Pentecostés se fugó de Yonville, raptada por Théodore, robándose todo lo que quedaba del guardarropa.

Fue por entonces cuando la viuda Dupuis tuvo el honor de comunicarle el «matrimonio de su hijo el señor Léon Dupuis, notario en Yvetot, con la señorita Léocadié Leboeuf, de Bondeville». Charles, entre las demás felicitaciones que le mandó, escribió esta frase:

—¡Cuánto se habría alegrado mi pobre esposa!

Un día en que, divagando sin rumbo por la casa, había subido al desván, sintió bajo su zapatilla una bolita de papel fino. La abrió y leyó:

“Valor, Emma, valor. No quisiera llevar la desdicha a tu vida”.

Era la carta de Rodolphe, caída al suelo entre las cajas, donde había permanecido, y que el viento de la tronera acababa de empujar hacia la puerta. Y Charles se quedó inmóvil y con la mirada fija en el mismo lugar donde, hacía tiempo, Emma, desesperada y más pálida aún que él, había pensado en morir.

Por fin descubrió una pequeña erre al pie de la segunda página. ¿Qué significaba aquello? Recordó las atenciones de Rodolphe, su repentina desaparición, su aire turbado cuando se habían encontrado dos o tres veces desde entonces. Pero el tono respetuoso de la carta lo engañó.

“Quizás se amaban platónicamente”, se dijo a sí mismo.

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