Durante los viajes que hacía para verla, León había comido a menudo en casa del boticario, y por cortesía se sintió obligado a invitarle a su vez.
—¡Con mucho gusto! —respondió el señor Homais—; además, necesito despejar el espíritu, pues aquí me estoy achatanando. Iremos al teatro, al restaurante; nos daremos una buena juerga.
—¡Ay, querido mío! —murmuró tiernamente Madame Homais, alarmada por los vagos peligros a los que se disponía a enfrentarse.
—Bueno, ¿qué? ¿Te parece que no arruino bastante mi salud viviendo aquí entre las continuas emanaciones de la farmacia? ¡Pero bueno! ¡Así son las mujeres! Tienen celos de la ciencia, y luego se oponen a que nos tomemos las distracciones más legítimas. ¡No importa! Cuenta conmigo. Cualquier día de estos me aparezco por Ruán y nos vamos de juerga juntos.
El boticario antes se habría guardado mucho de emplear semejante expresión, pero estaba cultivando un estilo alegre y parisiense que consideraba de muy buen gusto; y, al igual que su vecina, la señora Bovary, interrogaba con curiosidad al dependiente sobre las costumbres de la capital; incluso hablaba en jerga para deslumbrar a los burgueses, diciendo «irse de juerga», «de chusma», «petimetre», «fideo», «el no va más», «abrir cancha» y «pinto mi raya» por «me voy».
Así pues, un jueves Emma se sorprendió al encontrarse a monsieur Homais en la cocina del León de Oro, ataviado con un traje de viaje, es decir, envuelto en una vieja capa que nadie le conocía, mientras llevaba una maleta en una mano y el calentador de pies de su establecimiento en la otra. No le había confiado sus intenciones a nadie, por miedo a causar alarma pública con su ausencia.