La idea de volver a ver el lugar donde había transcurrido su juventud sin duda lo entusiasmaba, pues durante todo el viaje no dejó de hablar, y tan pronto como hubo llegado, saltó ágilmente de la diligencia para ir en busca de Léon.
En vano el dependiente trató de quitárselo de encima. Monsieur Homais se lo arrastró hasta el gran Café de la Normandie, al que entró majestuosamente, sin quitarse el sombrero, considerando muy provinciano descubrirse en cualquier lugar público.
Emma esperó a Léon tres cuartos de hora. Por fin corrió a su estudio; y, perdida en toda clase de conjeturas, acusándolo de indiferencia y reprochándose a sí misma su debilidad, pasó la tarde con el rostro pegado a los cristales de la ventana.
A las dos todavía seguían sentados el uno enfrente del otro en una mesa.
El gran salón se iba quedando vacío; el tubo de la estufa, en forma de palmera, extendía sus hojas doradas sobre el techo blanco, y cerca de ellos, al otro lado de la ventana, bajo el brillante sol, un pequeño surtidor gorgoteaba en una cubeta blanca donde, en medio de berros y espárragos, tres bogavantes adormilados se estiraban hacia unas codornices amontonadas de lado.
Homais se lo pasaba en grande. Aunque estaba aún más embriagado por el lujo que por la suntuosidad de los manjares, el vino de Pommard le exaltaba de todos modos las facultades; y cuando apareció la tortilla al ron, se puso a exponer teorías inmorales sobre las mujeres. Lo que le seducía por encima de todo era el chic. * Admiraba un tocador elegante en un apartamento bien amueblado y, en cuanto a las cualidades corporales, no le