Por respeto, o por una especie de sensualidad que le hacía llevar a cabo sus investigaciones lentamente, Charles aún no había abierto el cajón secreto de un escritorio de palisandro que Emma solía usar.
Un día, sin embargo, se sentó ante él, giró la llave y apretó el resorte.
Todas las cartas de Léon estaban allí. Esta vez no cabía la duda. Las devoró hasta la última, rebuscó en cada rincón, en todos los muebles, en todos los cajones, tras los tabiques, sollozando, llorando a gritos, desquiciado, loco.
Encontró una caja y la reventó de una patada. El retrato de Rodolphe le saltó a la cara en medio de las cartas de amor volcadas.
La gente se extrañaba de su abatimiento. Nunca salía, no veía a nadie, se negaba incluso a visitar a sus pacientes. Entonces decían: «Se ha encerrado a beber».
A veces, sin embargo, alguna persona curiosa se subía al seto del jardín y veía con asombro a este hombre de larga barba, mal vestido y salvaje, que lloraba a lágrima viva mientras paseaba de un lado a otro.
Por la tarde, en verano, se llevaba a su hijita y la conducía al cementerio. Volvían al caer la noche, cuando la única luz que quedaba en la plaza era la de la ventana de Binet.
La voluptuosidad de su dolor era, sin embargo, incompleta, pues no tenía a nadie cerca para compartirla, y hacía visitas a Madame Lefrançois para poder hablar de ella. Pero la patrona solo le escuchaba a medias, teniendo preocupaciones como él. Pues Lheureux por fin había abierto las «Favoritas del Comercio», e Hivert, que gozaba de gran reputación haciendo recados, exigía un aumento de sueldo y amenazaba con pasarse «a la tienda de la competencia».
Un día en que había ido al mercado de Argueil a vender su caballo —su último recurso—, se encontró con Rodolphe.