Luego examinó el apartamento, abrió los cajones de las mesas, se peinó con el peine de él y se miró en su espejito de afeitar.
A menudo, incluso, se ponía entre los dientes la pipa grande que estaba sobre la mesa, junto a la cama, entre limones y trozos de azúcar cerca de una botella de agua.
Les llevó un buen cuarto de hora despedirse.
Luego Emma lloró. Habría querido no separarse jamás de Rodolphe. Algo más fuerte que ella misma la arrastraba hacia él; tanto es así que un día, al verla llegar de improviso, él frunció el ceño como alguien molesto.
—¿Qué te pasa? —dijo ella—. ¿Estás enfermo? ¡Dímelo!
Por fin declaró con aire grave que las visitas de ella se estaban volviendo imprudentes, que se estaba comprometiendo.