Algunas moscas en la mesa trepaban por los vasos ya usados y zumbaban al ahogarse en los posos de la sidra. La luz del día que entraba por la chimenea volvía de terciopelo el hollín del fondo del hogar y teñía de azul las cenizas frías. Entre la ventana y el hogar, Emma cosía; no llevaba pañoleta; él podía ver pequeñas gotas de sudor en sus hombros desnudos.
A la manera de la gente de pueblo le rogó que tomara algo. Él dijo que no; ella insistió y por fin, riendo, le ofreció tomarse un vaso de licor.
Fue, pues, a buscar una botella de curaçao al armario, bajó dos vasitos, llenó uno hasta el borde, apenas echó nada en el otro y, tras haber chocado los vasos, se llevó el suyo a la boca.
Como estaba casi vacío, se inclinó para beber, con la cabeza hacia atrás, los labios fruncidos, el cuello estirado. Se reía de no conseguir nada, mientras, con la punta de la lengua pasando entre sus pequeños dientes, lamía gota a gota el fondo de su vaso.
Volvió a sentarse y retomó su labor, una media de hilo blanco que estaba zurciendo. Trabajaba con la cabeza inclinada; no hablaba, ni tampoco Charles.
El aire que entraba por debajo de la puerta levantaba un poco de polvo sobre las losas; él lo vio deslizarse y no oyó más que el latido en su cabeza y el débil cacareo de una gallina que había puesto un huevo en el corral.
Emma, de vez en cuando, se refrescaba las mejillas con las palmas de las manos, y se las volvía a enfriar en las perillas de los enormes amorillos.
Se quejaba de sufrir, desde el principio de la estación, de mareos; preguntaba si los baños de mar le harían algún bien; se puso a hablar de su convento, Charles de su colegio; las palabras acudieron a ellos.