escandalizada.
—Pero si le doy el excedente —replicó don Lheureux con impudencia—, ¿no es eso ayudarla?
Y tomando una pluma, escribió al pie de la cuenta: «Recibidos de la señora Bovary cuatro mil francos».
—Ahora, ¿quién va a molestarte, si en seis meses cobrarás los atrasos de tu cabaña, y yo no hago que la última letra venza hasta después de que te hayan pagado?
Emma se lió bastante con los cálculos, y le zumbaron los oídos como si monedas de oro, al reventar las talegas, tintinearan a su alrededor por el suelo.
Por fin Lheureux le explicó que tenía un muy buen amigo, Vinçart, corredor en Rouen, que le descontaría estos cuatro pagarés. Después él mismo le entregaría a la señora el sobrante una vez pagada la deuda real.