Codal
nydus/Madame BovaryPublic
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VIII

casquete mucho antes de que el médico hubiera entrado.

Pertenecía a esa gran escuela de cirugía engendrada por Bichat, a esa generación, hoy extinta, de médicos filósofos que, amando su arte con amor fanático, lo ejercían con entusiasmo y sabiduría.

En su hospital temblaban todos cuando se enojaba; y sus alumnos le tenían tanta veneración que procuraban imitarle lo más posible tan pronto como empezaban a ejercer por su cuenta. De modo que por todas las ciudades vecinas se les veía vistiendo su largo abrigo de merino guatao y su levita negra, cuyos puños abotonados cubrían ligeramente sus manos membrudas —manos muy hermosas, que jamás conocieron los guantes, como para estar más listas a sumergirse en el sufrimiento—.

Desdeñoso de los honores, de los títulos y de las academias, a la manera de los antiguos Caballeros Hospitalarios, generoso, paternal con los pobres, y practicando la virtud sin creer en ella, casi habría pasado por un santo a no haber sido porque la agudeza de su inteligencia hacía que se le temiera como a un demonio.

Su mirada, más penetrante que sus bisturíes, miraba directamente al alma y diseccionaba cada mentira a través de todas las afirmaciones y de todas las reticencias. Y así iba, lleno de esa majestad bondadosa que otorga la conciencia de un gran talento, de la fortuna y de cuarenta años de una vida laboriosa e irreprochable.

Frunció el ceño en cuanto hubo pasado la puerta al ver el rostro cadavérico de Emma tendida boca arriba con la boca abierta. Luego, mientras al parecer escuchaba a Canivet, se frotó los dedos de arriba abajo por debajo de las fosas nasales y repitió⁠—

¡Bueno! ¡bueno!

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