cubrir las confituras y Franklin recitaba la tabla de Pitágoras de un solo aliento. Era el más feliz de los padres, el más afortunado de los hombres.
¡No es verdad! Una secreta ambición lo devoraba. Homais suspiraba por la cruz de la Legión de Honor. Tenía muchos méritos para conseguirla.
«Primero, habiéndome distinguido en la época del cólera por una devoción sin límites; segundo, por haber publicado, a mis expensas, diversas obras de utilidad pública, tales como» (y recordó su folleto titulado La sidra, su fabricación y sus efectos, además de unas observaciones sobre el pulgón lanígero, enviadas a la Academia; su volumen de estadística, y hasta su tesis farmacéutica); «sin contar con que soy miembro de varias sociedades científicas» (era miembro de una sola).
—¡En resumen! —exclamó, dando una pirueta—, ¡si fuera solo para distinguirme en los incendios!
Luego Homais se inclinó hacia el Gobierno. Prestó en secreto grandes servicios al prefecto durante las elecciones. Se vendió —en una palabra—, se prostituyó. Incluso dirigió una petición al soberano en la que le imploraba que le «hiciera justicia»; lo llamó «nuestro buen rey» y lo comparó con Enrique IV.
Y todas las mañanas el boticario corría en busca del periódico para ver si su nombramiento aparecía en él. Nunca estaba. Por fin, incapaz de soportarlo por más tiempo, mandó diseñar en su jardín un césped que representaba la Estrella de la Cruz de Honor, con dos tiritas de hierba que salían de la parte superior para imitar la cinta. Paseaba a su alrededor con los brazos cruzados, meditando sobre la insensatez del Gobierno y la ingratitud de los hombres.