En realidad, los vaqueros y los pastores habían conducido a sus bestias hasta allí, y estas mugían de vez en vez, mientras con la lengua arrancaban algún jirón de follaje que pendía sobre sus hocicos.
Rodolphe se había acercado a Emma y le dijo en voz baja, hablando rápidamente:
—¿No os revuelve las entrañas esta conspiración del mundo? ¿Hay un solo sentimiento que no condene? Los instintos más nobles, las simpatías más puras son perseguidas, difamadas; y si al fin dos pobres almas se encuentran, todo está tan bien organizado que no pueden fundirse.
Sin embargo, lo intentarán; batirán las alas; se llamarán el uno al otro. ¡Oh! No importa. Tarde o temprano, dentro de seis meses, de diez años, se unirán, se amarán; porque el destino así lo ha decretado, y han nacido el uno para el otro.
Tenía los brazos cruzados sobre las rodillas y, alzando así el rostro hacia Emma, muy cerca de ella, la miraba fijamente.
Notó en sus ojos pequeñas líneas doradas que irradiaban de unas pupilas negras; incluso percibió el perfume de la pomada que le daba brillo al cabello.
Entonces un desfallecimiento se apoderó de ella; recordó al vizconde que había bailado con ella el vals en Vaubyessard, y su barba exhalaba, como este aire, un olor a vainilla y a cedrón, y mecánicamente entornó los ojos para respirarlo mejor.
Pero al hacer este movimiento, al echarse hacia atrás en el sillón, vio a lo lejos, justo en la línea del horizonte, la vieja diligencia, la Hirondelle, que bajaba lentamente la cuesta de Leux, arrastrando tras de sí una larga estela de polvo. Era