Al llegar los primeros fríos, Emma dejó su dormitorio por el salón, una habitación larga de techo bajo, en cuya repisa de la chimenea había un gran ramo de coral extendido ante el espejo. Sentada en su sillón junto a la ventana, podía ver pasar a los aldeanos por la acera.
Dos veces al día Léon iba desde su despacho hasta el Lion d’Or. Emma podía oírlo venir desde lejos; se inclinaba hacia delante escuchando, y el joven se deslizaba tras el visillo, siempre vestido de la misma manera y sin volver la cabeza.
Pero al atardecer, cuando, con la barbilla apoyada en la mano izquierda, dejaba caer sobre sus rodillas el bordado que había comenzado, a menudo se estremecía ante la aparición de esta sombra que se deslizaba de repente. Se levantaba y mandaba poner la mesa.
El señor Homais pasó a la hora de cenar.
El solideo en la mano, entró de puntillas para no molestar a nadie, repitiendo siempre la misma frase: «Buenas noches a todos».
Luego, una vez instalado a la mesa entre ambos, interrogó al médico acerca de sus enfermos, y este consultó al boticario sobre la probabilidad de que pagaran.
Enseguida hablaron de «lo que venía en el periódico».
Homais ya a estas horas se lo sabía casi de memoria, y lo repetía de cabo a rabo, con las reflexiones de los escribidores a sueldo y todas las historias de catástrofes particulares acaecidas en Francia o en el extranjero.